martes, 6 de septiembre de 2011

El hombre más feliz del mundo

El Mitógrafo Borgoñino Primero nos regala esta curiosa historia acerca de camisas. Pero cualquiera se daría cuenta de que lo importante no está en las camisas. Ya lo sabremos a través de la historia que relatará Eduardo. No lo podría definir con precisión ahora, pero tiene que ver con la reacción que tiene el protagonista —quien curiosamente narra en primera persona— frente a la pregunta de Rodrigo. Es como una especie de capacidad para demostrarle al resto cuán equivocado está al creer que uno está errado. Tiene que ver, también, sin duda, con la excesiva fe que pone la mayoría sobre los símbolos o las apariencias. La sensación que da el leerla parece bien definida, sin embargo: al contrario de mi intento de explicación.

Yo nunca usaba la camisa afuera del pantalón: no veía razón para hacerlo. Asistiendo a la enseñanza regular desde los dos años y vistiendo uniforme desde los seis, los años me habían acostumbrado a seguir normas mínimas sin mucho significado propio, pero cuya ruptura era aún más ridícula. Mis compañeros siempre me incomodaron con la repetida y boba pregunta de por qué me abrochaba el botón superior de la camisa. Y mi respuesta no fue siempre amable, pero a veces les daba a conocer la razón apropiada: porque mis camisas me quedan bien. Si una camisa no me quedare bien —como ocurre ahora—, no me abrocho el botón superior: tener el botón superior abrochado no significa nada más para mí. Pero los demás estaban tan pendientes de la moda que no podían evitar darse cuenta y me lo hacían notar. Fue este mismo espíritu el que inspiró, seguramente, al Rodrigo cuando me comentó, con manifiesta curiosidad, que nunca me había visto con la camisa afuera del pantalón. Mi hartazgo fue suficiente como para preguntarle si acaso quería verme así: con la camisa afuera del pantalón. Me respondió afirmativamente y yo, decidido, me quité el vestón y la corbata y se los pasé al Eduardo o al Nicolás... quizás a ambos: no recuerdo bien. Me saqué la camisa y se la pasé, también, a alguien más. Recuperé el vestón y la corbata y me los puse como si estuviera vistiendo el uniforme normalmente. Y entonces le espeté al Rodrigo que ahora podría decir tranquilamente que me había visto alguna vez con la camisa afuera del pantalón.

Mi plan contemplaba recuperar de inmediato la camisa para volver a lucir como de costumbre, pero inesperadamente el Aarón le arrebató la camisa a quien la tenía y se fue corriendo por el patio Sur hacia el pabellón San Diego, donde estaba nuestra sala. Así que tuve que caminar sin camisa a través de todo el patio Sur, entrar en el pabellón San Diego, subir las escaleras y llegar hasta la sala. Recién ahí recuperé la preciada prenda y pude volver a lucir como lo hacía habitualmente. Fue un poco avergonzante, pero lo suficientemente chistoso como para no hacerme sentir mal. No fue como cuando iba caminando con el Nicolás por San Diego hacia Sargento Aldea un día muy caluroso y, sofocado por la alta temperatura y la alta presión a esa hora —seguramente alrededor de las dos—, me desabotoné el botón superior de la camisa. El Nicolás se mostró sorprendido y yo, con algo de picardía, le dije que no le contara a nadie. Esto fue mucho más agradable. Pero ese mismo día, cuando ocurrió el incidente originado por el Rodrigo, el Orientador Ibáñez me llamó a su oficina. Se había enterado de que yo había deambulado por el Liceo sin camisa y, preguntándome, me dijo que seguramente yo había tenido una buena razón para hacer eso. Yo le expliqué lo que había ocurrido con mayor naturalidad que la que uso ahora: mi relación con él siempre fue de profunda confianza y simpatía.

Poco después, ese mismo día, el Eduardo me dijo que mi actitud le había hecho recordar una historia de cierto rey que, pensando en mejorar su estado de ánimo, envía a algunos súbditos a buscar al hombre más feliz del mundo para que consiguieren su camisa y se la llevaren al rey. Los súbditos fueron a buscar al hombre más feliz del mundo y, cuando lo encontraron, vieron que no tenía camisa. Me complació la comparación que hizo el Eduardo, puesto que por ese entonces estábamos envueltos en nuestras enredadas reflexiones acerca de la libertad y la felicidad. Yo nunca volví a usar el vestón y la corbata sin camisa: ya no necesitaba probarle a nadie que era capaz de hacerlo. Y he seguido usando camisas, aunque de estilos diferentes, la mayor parte del tiempo desde que dejé el Liceo. Esto no le gusta mucho al Cristián, pero ha sido la razón de que mis amigos se hayan reído con ganas cuando me han visto con mi polera celeste o con la polera azul marino que tiene el símbolo de Play Boy. Lamenté mucho no haber encontrado algunas de mis camisas de invierno antes de venirme a Canberra: las dejé guardadas en la gatera de mi dormitorio dentro de una bolsa de basura, pero no estaban allí cuando las busqué (de hecho no había ni bolsa). Y recuerdo esto cada vez que lavo mis camisas de invierno viejas, que ya se empiezan a ver hilachentas a causa del desgaste.