martes, 6 de septiembre de 2011

El hombre más feliz del mundo

El Mitógrafo Borgoñino Primero nos regala esta curiosa historia acerca de camisas. Pero cualquiera se daría cuenta de que lo importante no está en las camisas. Ya lo sabremos a través de la historia que relatará Eduardo. No lo podría definir con precisión ahora, pero tiene que ver con la reacción que tiene el protagonista —quien curiosamente narra en primera persona— frente a la pregunta de Rodrigo. Es como una especie de capacidad para demostrarle al resto cuán equivocado está al creer que uno está errado. Tiene que ver, también, sin duda, con la excesiva fe que pone la mayoría sobre los símbolos o las apariencias. La sensación que da el leerla parece bien definida, sin embargo: al contrario de mi intento de explicación.

Yo nunca usaba la camisa afuera del pantalón: no veía razón para hacerlo. Asistiendo a la enseñanza regular desde los dos años y vistiendo uniforme desde los seis, los años me habían acostumbrado a seguir normas mínimas sin mucho significado propio, pero cuya ruptura era aún más ridícula. Mis compañeros siempre me incomodaron con la repetida y boba pregunta de por qué me abrochaba el botón superior de la camisa. Y mi respuesta no fue siempre amable, pero a veces les daba a conocer la razón apropiada: porque mis camisas me quedan bien. Si una camisa no me quedare bien —como ocurre ahora—, no me abrocho el botón superior: tener el botón superior abrochado no significa nada más para mí. Pero los demás estaban tan pendientes de la moda que no podían evitar darse cuenta y me lo hacían notar. Fue este mismo espíritu el que inspiró, seguramente, al Rodrigo cuando me comentó, con manifiesta curiosidad, que nunca me había visto con la camisa afuera del pantalón. Mi hartazgo fue suficiente como para preguntarle si acaso quería verme así: con la camisa afuera del pantalón. Me respondió afirmativamente y yo, decidido, me quité el vestón y la corbata y se los pasé al Eduardo o al Nicolás... quizás a ambos: no recuerdo bien. Me saqué la camisa y se la pasé, también, a alguien más. Recuperé el vestón y la corbata y me los puse como si estuviera vistiendo el uniforme normalmente. Y entonces le espeté al Rodrigo que ahora podría decir tranquilamente que me había visto alguna vez con la camisa afuera del pantalón.

Mi plan contemplaba recuperar de inmediato la camisa para volver a lucir como de costumbre, pero inesperadamente el Aarón le arrebató la camisa a quien la tenía y se fue corriendo por el patio Sur hacia el pabellón San Diego, donde estaba nuestra sala. Así que tuve que caminar sin camisa a través de todo el patio Sur, entrar en el pabellón San Diego, subir las escaleras y llegar hasta la sala. Recién ahí recuperé la preciada prenda y pude volver a lucir como lo hacía habitualmente. Fue un poco avergonzante, pero lo suficientemente chistoso como para no hacerme sentir mal. No fue como cuando iba caminando con el Nicolás por San Diego hacia Sargento Aldea un día muy caluroso y, sofocado por la alta temperatura y la alta presión a esa hora —seguramente alrededor de las dos—, me desabotoné el botón superior de la camisa. El Nicolás se mostró sorprendido y yo, con algo de picardía, le dije que no le contara a nadie. Esto fue mucho más agradable. Pero ese mismo día, cuando ocurrió el incidente originado por el Rodrigo, el Orientador Ibáñez me llamó a su oficina. Se había enterado de que yo había deambulado por el Liceo sin camisa y, preguntándome, me dijo que seguramente yo había tenido una buena razón para hacer eso. Yo le expliqué lo que había ocurrido con mayor naturalidad que la que uso ahora: mi relación con él siempre fue de profunda confianza y simpatía.

Poco después, ese mismo día, el Eduardo me dijo que mi actitud le había hecho recordar una historia de cierto rey que, pensando en mejorar su estado de ánimo, envía a algunos súbditos a buscar al hombre más feliz del mundo para que consiguieren su camisa y se la llevaren al rey. Los súbditos fueron a buscar al hombre más feliz del mundo y, cuando lo encontraron, vieron que no tenía camisa. Me complació la comparación que hizo el Eduardo, puesto que por ese entonces estábamos envueltos en nuestras enredadas reflexiones acerca de la libertad y la felicidad. Yo nunca volví a usar el vestón y la corbata sin camisa: ya no necesitaba probarle a nadie que era capaz de hacerlo. Y he seguido usando camisas, aunque de estilos diferentes, la mayor parte del tiempo desde que dejé el Liceo. Esto no le gusta mucho al Cristián, pero ha sido la razón de que mis amigos se hayan reído con ganas cuando me han visto con mi polera celeste o con la polera azul marino que tiene el símbolo de Play Boy. Lamenté mucho no haber encontrado algunas de mis camisas de invierno antes de venirme a Canberra: las dejé guardadas en la gatera de mi dormitorio dentro de una bolsa de basura, pero no estaban allí cuando las busqué (de hecho no había ni bolsa). Y recuerdo esto cada vez que lavo mis camisas de invierno viejas, que ya se empiezan a ver hilachentas a causa del desgaste.

sábado, 18 de junio de 2011

Luciano y la bomba

Examinando algunos cuentos recopilados por los Mitógrafos Borgoñinos, encontré un conjunto de ellos con un título reconocible (lo cual no siempre ocurre) y una letra pi mayúscula (Π) al frente de él. Llama la atención que construyan una versión por completo coherente de la historia a la que se refieren, puesto que lo habitual entre los Mitógrafos Borgoñinos es el desacuerdo en ciertos detalles. Reproduzco, a continuación, los tres cuentos según los encontré en los manuscritos del Mitógrafo Borgoñino Primero, Segundo y Tercero.

1. Malherido.

Ciego, sin manos: sus sueños se desvanecen en la sombra. La imagen de un resplandor repentino se repite en su mente. El dolor inconmensurable y el ardor desesperante. El desgarro repentino de sus dedos. Y ahora se llena de un sentido aún más luctuoso. Consumido por la vejez y la obscuridad, permanece sentado tranquilamente en su habitación de la cómoda y soleada casa de retiro: tal como no esperaba estar durante su ancianidad. El calor moderado hace que sea agradable estar allí. Su sillón se siente cómodo. Todo lo que anheló hacer durante su vida, toda la libertad a la que aspiró, se vio desvanecido en una explosión que él mismo produjo inadvertidamente. Pensaba en la parcela que soñó tener con su amada y su hija: esa vida rural y autónoma que anhelaba para su familia ideal. ¿Cómo sospecharía que su mejor amigo, enamorado de su polola, sería capaz de planear su asesinato? ¿Cómo podría haber imaginado que él lo llegaría a interpretar como un obstáculo para sus metas amorosas, como un genio maligno que confabulaba contra la consumación de un amor ideal, como un verdugo de la persona amada? Todos pensaron que él manipuló inapropiadamente la bomba mientras la instalaba frente al banco. Incluso él creyó desde un principio que algo había salido mal mientras activaba el mecanismo de explosión. Pero Máximo lo visitó hace una semana y le confesó todo. Le reveló todo lo que se había guardado celosamente en lo más profundo de su mente durante cincuenta años. Desde cómo se enamoró de Roxana y, enceguecido, decidió quitarlo a él del camino, hasta cómo su plan se vio enteramente frustrado tanto porque él sobrevivió cuanto porque Roxana lo rechazó cuando ya se había alejado de Luciano y le declaró sus intenciones amorosas. Ella no dejó a Luciano a causa del accidente. Él se volvió sumamente arisco e insensible después de esto. No respondía a o simplemente rechazaba las muestras de cariño. No hablaba. Se negaba a dejar la habitación donde vivía en casa de su madre. Estaba obstinado con permanecer allí en silencio, escuchando música. Un ex-profesor del Liceo lo había visitado poco después desde que volviera de la clínica y le regaló una grabación de la "Pasión según San Mateo" de Bach. Se había obsesionado con escucharla constantemente, una y otra vez. Ya no quería estar con Roxana, aunque toleraba la presencia y los cuidados de su madre. Y la presencia de su hija no hacía más que arrancarle lágrimas. De modo que se volvió tan intratable como para que Roxana decidiera dejarlo. No con la intención de buscarse otro, sino solamente en consideración del desinterés que Luciano mostraba hacia cualquier manifestación afectuosa de ella o cualquier otra persona. Era imposible hacerse cargo de tal desolación para cualquiera que no fuera su madre. Porque el mundo exterior desapareció para él: desde entonces se concentró en su realidad interior y trató de olvidar todo aquello que ya no podría disfrutar plenamente. Pero Roxana terminó de entenderlo apenas un año después.

2. Luciano.

Amigo... ¿Amigo?

Así lo he querido creer siempre. No solo lo creo, sino que lo siento hondamente dentro de mí. Y no lo puedo negar de un momento para otro. Los sentimientos no se levantan en vano en nuestro interior. Por eso mismo es que siento este dolor tan profundo. ¡Y es tan inmenso que ni yo lo puedo abarcar por completo con mi vista! ¡Ah! ¡Me quitaste mis ojos, mis manos, mi vida entera! ¡Y fuiste tan torpe como para no matarme y condenarme a una existencia llena de frustraciones y sufrimiento! ¿Para qué hacer esta confesión ahora? ¿Acaso no he tenido suficiente con haber visto mis sueños destruidos a lo largo de una vida tan anhelante como incapaz? ¡Tenías que ser mi mejor amigo para dañarme así! ¡Porque solo el mejor de mis amigos podría haber tocado las profundidades de mi alma y haber causado tanta destrucción en ella! Yo estaba inerme porque así se está frente a los amigos. Y tú te aprovechaste de mi condición y de mi confianza y de mi cariño. Y no te ha bastado con hacerlo, sino que viniste a jactarte frente a mí de lo que me hiciste. Pero no puedes haber sido tú... Eso no calza con nada de lo que pienso y siento acerca de ti. No puedes haber sido tú. Porque eres mi mejor amigo: no serías capaz de aprovecharte de esa manera ni de dañarme así jamás. Aunque tengas el poder para hacerlo, no lo harías. Yo no te voy a creer eso. Ya no tengo más corazón ni ánimo para tolerar más sufrimiento en mi interior. Quiero puro morirme tranquilo, sin pensar en todo lo que pasó y todo lo que perdí.

¿Sabes que lo imaginé? Pensé que Afrodita se había enojado conmigo después de que, un día, le dije a la Roxana que ni ella requería de divinidad alguna para lucir como la mujer más hermosa ante mí ni yo necesitaba el auxilio de los dioses para hacerla sentir como la más amada. Afrodita es muy celosa: cualquiera lo sabe. Y finalmente no pude hacer nada de lo que le prometí. Ya no merecía amar a nadie. Porque esta es una gracia concedida solamente a los que asumen sus limitaciones. En cambio, yo las tuve que hacer patentes en mi cuerpo antes de reconocerlas. Y hay hueás que te cagan para siempre. Y no solamente me volví incapaz de amar: ya no podría cumplir con ninguno de mis sueños compartidos con la Roxana, pero tampoco con mis sueños individuales. Ni, por supuesto, con los sueños que compartí contigo. Entonces no me quedaba nada. Me convertí de nuevo en el bebito de mi mamá. Y en una especie de carga inútil y molesta después de que ella murió. Al menos me recluyeron en este lugar agradable. Pero tú sabes que esto no es nada de lo que yo quería para mi vida. ¿Es verdad que Afrodita te ordenó matarme? Yo sé que ella es una diosa terrible: capaz de causar esto y mucho más. Dímelo con confianza: yo no me voy a enojar. Ya no puedo acoger más sufrimiento en mi corazón.

3. Máximo.

La única actitud que podía tener ante ella era amarla. Incluso hoy no podría sino amarla. Y esto no es algo que pueda controlar ni cambiar ni detener. Y dime, si quieres, que soy patético y que no tengo dignidad. Al menos eso me dijo ella cuando, después de haberme rechazado, yo seguí insistiendo con mis intenciones amorosas. Pero no te atrevas a insinuar que no tengo corazón, porque este me sobra para amarla aun hoy día. Estoy arrepentido de haberte hecho sufrir tanto y de haber traicionado tu confianza, aquella amistad de piedra, inquebrantable... Pero entiéndeme cuando te digo que mi corazón estaba perdido por ella y que su sola imagen en mi mente era capaz de perturbarme por completo y llevarme a imaginar situaciones imposibles. A veces me parecía que ella era excesivamente amable conmigo y que esto no podía explicarse de otra manera sino como una expresión de un cariño oculto hacia mí. Y también me parecía, de repente, que ella no era feliz contigo: cualquier indicio de disgusto o descontento me parece una señal ominosa y tremenda de que ella estaba sufriendo a tu lado y necesitaba ser rescatada con urgencia. Fue así que pensé en cómo llegar a estar con ella. Pensé que, si tú no estabas, yo podría allegarme a ella, consolarla y, si acaso, hacerla más feliz que tú. Por eso arreglé la bomba para que explotara antes de tiempo y te dejé ir solo y me escondí detrás del quiosco y escapé apenas escuché la explosión. No sabes cuán confuso fue todo para mí entonces. Me desesperé porque no te moriste y no quería que nadie supiera lo que de verdad había pasado. Por suerte, todos creyeron que tú mismo hiciste explotar la bomba. Pero el peso de una verdad así no es para ser llevado por un solo hombre: por eso tenía que decírtelo, no importa cuánto tiempo haya pasado. De verdad no tengo la intención de causarte daño: aún atesoro el sentimiento de nuestra amistad y no pretendo librarme de él. Pero no podía no decirte. Considero inútil pedirte perdón si no puedo devolverte nada de lo que has perdido ni asumir el peso del daño que te causé. Simplemente recibe y asume mi testimonio sincero: para que conozcas toda la verdad, sufras todo lo que tengas que sufrir y odies hasta donde te alcance el corazón. Si sientes que ya has tenido suficiente, llámame y yo vendré. Y te voy a contar más todavía. Pero ya no será nada que me avergüence ni que te haga infeliz. Te voy a contar qué hice de mi vida después de todo eso y cómo llegué a la vejez. Los trabajos en los que estuve, los lugares donde viví y los que visité. Y también cómo llegué a hacerme cargo de tu mantención en esta casa. Sé que esto no compensa para nada todo lo que has pasado, pero tómalo como una muestra mínima de mi sinceridad cuando digo que aún te considero mi amigo. Sé que es absurdo, pero quiero hacer lo posible para que ya no sufras más.

lunes, 2 de mayo de 2011

A small hint


A few lines from the Second Burgundinian Mythographer called my attention today while I was trying to clean my mind up after reading a discussion on a verse of the Iliad. The narrator was speaking about the mysterious disappearance of a teacher who went out of the Lyceum one day in order to buy cigarettes. Nobody saw him again. But this is not what actually was so attractive for me. Let’s read.

«And this is what they all tell: Mr Mostacchi, teacher of Italian, went out looking for a box of cigarettes that morning. His final departure was like the mysterious question of the well known legend: “what is the base of the pyramid?” For this question had no more answer than “I cannot tell you that”; as if a great secret lied behind».

It is clear that the Mythographer is referring to an unknown —for us— story involving a stratified pyramid. But this is not an Egyptian pyramid nor a geometrical model. Otherwise, the answer would not be given as impossible to disclose, for anyone could calculate it in mathematical terms. This is an abstract pyramid, so it is the knowledge what is hidden in the denied answer. And it results fascinating to wonder what actually is behind all this. Here we have only a brief and almost meaningless reference, but there should be more details in some other part of the manuscripts—either in the text of the Second or in those of the First and Third Burgundinian Mythographers.

viernes, 14 de enero de 2011

Edmundo descubre al Mitógrafo Borgoñino

El exceso de trabajo —cada día parece ser más— me ha impedido preparar resúmenes de los relatos encontrados en los textos de los Mitógrafos Borgoñinos. Sin embargo, no he abandonado su lectura. Es por esta circunstancia que he decidido simplemente transcribir uno de los relatos recogidos por el Mitógrafo Borgoñino Primero, el cual captó graciosamente mi interés.
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Ya habían pasado treinta y dos años desde que Edmundo dejara el Liceo y, definitivamente, no esperaba recibir esta llamada que lo retrotraería hasta momentos que ya le costaba precisar dentro de su línea biográfica. Su vida había transcurrido con rapidez o, al menos, él pretendía creer eso al recordar los distintos momentos de euforia y desesperación por los que había pasado hasta ahora: no es que su vida estuviese repleta de ellos, sino que se detenía en estos más que sobre el resto al reflexionar. El último había sido hace poco, apenas diez años atrás, cuando se divorció de su querida Bárbara. Su recuerdo no se había borrado con las intensas relaciones que vinieron después; pero tampoco quería preocuparse mucho acerca del asunto: sabía que tenía un corazón a prueba de todo razonamiento y que, por ende, se negaba a ser domado por la resignación. Ni siquiera se resignaba a haber perdido a las que vinieron después. Vivía inflamado por la pasión de sentimientos encendidos y tenaces: a pesar de tener un humor no tan estable, su dinamismo era notable incluso en el trabajo, la esfera que menos estimaba en su vida. Lo entretenía actuar como negociador para los contratos y deudas (a favor o en contra) de la empresa en la que trabajaba; pero definitivamente sus pasiones máximas estaban en otras dimensiones, las cuales a veces utilizaba para mejorar su posición como negociador. Y no es que estuviera buscando intencionalmente las oportunidades de hacerlo, sino que el azar se las ponía al frente de vez en cuando. Como cuando, reunido con el Gerente de Finanzas de una empresa cuyo rubro nunca le quedó claro, pero que se encargaba tanto de los seguros como de las consultorías de la suya, su atención se fijó sobre una fotografía tomada desde la película Rapsodia en Agosto de Akira Kurosawa: no solamente se esforzaron por alcanzar el mejor acuerdo para ambas empresas, sino que Edmundo comenzó a participar en un foro de Internet al cual lo invitó el Gerente de Finanzas de esta otra empresa y se volvieron a ver en las reuniones ocasionales organizadas a través de ese foro. Fue precisamente en una de estas reuniones, un sábado por la tarde, cuando sonó su teléfono celular.
—Aló, ¿don Edmundo?
—Sí, con él.
—Habla Patricio, del persa.
—Eh... ¿De cuál persa?—había al menos cuatro persas que había frecuentado en Santiago alguna vez y tenía contactos en todos ellos.
—Del Biobío, jefe.
—Ya. Cuéntame no más—no recordaba exactamente qué había negociado con este hombre; pero era natural que hubiese acordado algo con él: esta era su especialidad.
—Encontré los papeles que andaba buscando.
—¡Ah, qué bueno!—no importaba de qué se trataren: seguramente eran algo de valor.
Quedaron de verse al mediodía del domingo, en un rincón donde Patricio solía ubicarse a vender libros. Él no era muy constante en cuanto a este trabajo: el vino podía alejarlo del persa o, incluso estando allí, distraerlo de sus ventas. Era sumamente placentero para él, sin embargo, estar sentado allí sobre una vieja maleta con un vaso desde el que bebía vino en caja y algunos cigarrillos para acompañar. Su principal actividad durante esos fines de semana gastados ahí era conversar con otros vendedores de libros: comentaban acerca de los clientes, especialmente de los más caseros, aun cuando fuesen algo nuevos; también hablaban de sus vicisitudes diarias: los paseos nocturnos por el centro de Santiago después de haber estado bebiendo en un local cualquiera, no muy distinguido por cierto, las dificultades interpuestas por el transporte público, especialmente cuando uno se dedica a vender libros, pues resulta difícil cargar con tanto peso cuando llega la hora de vender alguna novedad —si es que uno quiere aprovecharla— y hay que mover los volúmenes penosamente en una micro pensada solamente para transportar pasajeros, pero no sus bultos. Pero no había nada como pasar esas largas tardes, frías o calurosas, en ese rincón viejo y desaliñado del galpón. A veces se preguntaba cómo podía un lugar tan descuidado y desagradable atraer a tantas personas, pero no se preguntaba tanto cuando se daba cuenta de que él mismo había entregado y seguía invirtiendo numerosas horas en este lugar. En ese momento, bebía otro sorbo de vino y trataba de disfrutar la comodidad de la maleta. Ya estaba cerca de cumplir cuarenta años en el persa: toda una vida... laboralmente hablando al menos. Fue durante los primeros años de ventas cuando conoció a don Edmundo —aunque Edmundo era menor que él, siempre le mostró cierta reverencia a causa de que era su cliente—: él era aún un liceano cuando comenzó a visitar el persa y desde sus primeras incursiones comenzó a pasar por el rincón de Patricio para curiosear lo que tuviera a la vista. Edmundo era todo un bibliófilo por ese entonces y andaba a la siga de relatos con algún toque de extravagancia y, por supuesto, buena calidad narrativa. Su interés lo había llevado a inscribirse como alumno voluntario en la biblioteca del Liceo, más que nada para tener libre acceso a los libros del subterráneo, puesto que de otra manera habría sido complicado. La bibliotecaria lo encontraba simpático —si bien tendía a tener la misma opinión acerca de todos los voluntarios—, de modo que nunca le hizo alguna observación porque no asistiera todos los turnos correspondientes o porque, cuando iba, se pasara todo el tiempo en el subterráneo leyendo y hojeando los libros. Ese subterráneo era especial, por cierto: su techo era bajo y estaba lleno de repisas y muebles cargados con numerosos volúmenes. Tenía espacios estrechos, unas tres sillas en total repartidas aleatoriamente y una obscuridad imposible de disipar por completo con los cuatro tubos fluorescentes (repartidos en dos pares) a causa de las repisas y muebles que alcanzaban sin dificultad el cielo de la sala. Así que, si bien los pasillos creados por las pocas filas de repisas eran cortos, terminaban encontrándose con un muro sombrío cuyos libros adyacentes no se dejaban identificar con facilidad. Generalmente se encontraba solo, pero de vez en cuando bajaba alguno de sus compañeros de labor o uno que otro profesor para recoger un libro específico: la bibliotecaria era algo anciana y prefería evitar esta tarea. Por otra parte, los diccionarios y enciclopedias estaban en el primer nivel, de modo que eso evitaba muchas visitas al subterráneo, lo cual complacía a Edmundo por cuanto le permitía concentrarse más efectivamente sobre su lectura, acentuando la sensación de envolvimiento que le gustaba experimentar al leer los relatos. En esa misma situación se encontraba cierto día cuando un profesor bajó en busca de un libro: «Beta estaba casi en el cénit: su luz rojiza fluía hacia un naranjo inusual mientras los brillantes rayos del poniente Gamma languidecían».
—Disculpe que interrumpa su lectura, joven. Vine a buscar un libro y subo al tiro.
—Ah, claro—notó que el profesor empezó a pasear la mirada entre los grupos de libros sin moverse desde donde estaba parado—. ¿Qué libro está buscando?
—“Dinámicas y juegos” o algo así.
—Debiese estar en el segundo estante desde el fondo, en el lado de nosotros, por las repisas de abajo.
—A ver... ajá... sí, aquí hay varios del mismo estilo. Vamos a tomar unos cuatro. Bueno, tampoco hay más—se puso de pie y se dirigió hacia Edmundo—. Muchas gracias, joven. Déjeme ver qué está leyendo para ver cómo lo premiamos después—el profesor Barrios miró la portada, que Edmundo se aseguró de dirigir hacia él—. Muy bien. Nos estamos viendo. Hasta luego.
—Hasta luego.
«¿Y por qué libros de dinámicas?—se preguntó Edmundo. ¿Nos harán jugar alguna? Con lo fomes que son. Capaz que igual pueda escaparme acá... Ese profesor es de Historia por lo que sé. ¿Pensará ofrecerme algo? Tal vez alguna décima adicional para la próxima prueba de Historia: si son del mismo ramo, seguramente podrá hablar con mi profesor acerca de eso». Cuando se disponía a seguir leyendo, le pareció que algo reflejaba levemente la luz desde donde el profesor Barrios había tomado los volúmenes. Miró con atención y, en efecto, había un pequeño trozo de papel allí. Se acercó para recogerlo y, sin pensarlo, buscó algo escrito en él. En una de sus caras, efectivamente, el papel tenía una breve y críptica nota: “4 beta mármol” decía. Edmundo imaginó que el trozo de papel estaba debajo de los libros desde antes de que el profesor los tomara, así que lo guardó en uno de sus bolsillos y continuó leyendo. Sonó el timbre, así que dejó el libro sobre la silla y se dispuso a marcharse: tenía que ir a la clase de Música.
Cuando terminó la clase, salió de la sala junto con Luis y le pidió que pasara a comprarle un queque en uno de los quioscos mientras él se iba a la Biblioteca, para no perder tiempo comprando. Caminó con prisa sobre la característica baldosa roja del patio norte, mirando con familiaridad los rojos ladrillos del gimnasio y del pabellón San Diego. Al entrar en la biblioteca, vio que el profesor Barrios conversaba con la bibliotecaria amistosamente y se tornó para mirarlo y hablarle cuando advirtió su presencia.
—¡Señor Godoy! Lo estaba esperando.
—¿Sí?
—Sí. Quisiera hablar un momento con usted. Acompáñeme a la oficina de Orientación, por favor.
—Bueno.
La oficina de Orientación estaba frente a la Biblioteca, de modo que bastaba cruzar el pasillo y no necesitaban alejarse mucho. Había varios escritorios allí, la mayoría desocupados, de modo que ocuparon uno, sentándose uno frente al otro.
—¿Tiene mi papelito?
—¿Es suyo? Pensé que había caído de uno de los libros.
—No, no: yo lo andaba trayendo en la mano.
—Aquí está—le dijo Edmundo mientras le extendía el pedazo de papel.
—Para ser sincero, no es tan mío. En realidad, alguien más me lo dio. Como usted lo encontró allí, quise contarle la historia del papelito, porque es interesante y a usted le puede gustar de manera especial.
—¿A mí?
—Me imagino que sí, porque la bibliotecaria me contó que es buen lector.
—Ah, sí, más o menos—Edmundo sospechó de inmediato que el profesor se lo imaginaba como un tragalibros de cualquier índole; pero estaba más o menos acostumbrado a tolerar que otras personas mantuviesen esa imagen errada de él.
—Bueno, usted no alcanzó a conocer a don Saturnino, el antiguo profesor de Política.
—No.
—Él me pasó este papel el año en que se jubiló. Dijo que lo había encontrado hace algunos años en los camarines del gimnasio, mientras iba a guardar unas pelotas. Uno de los profesores antiguos de ese entonces examinó el papel y le dijo que podría pertenecer a un supuesto manuscrito con historias extraordinarias relativas al Liceo cuyo autor era anónimo, aunque conocido con el pseudónimo de “Mitógrafo Borgoñino”.
—¿Sí?
—Sí. Con el profesor conversamos algunas veces acerca de ese tema y especulamos acerca de las historias que podría contener el manuscrito, pero yo me he llegado a convencer de que el manuscrito forma parte de una leyenda. Una leyenda en un sistema de leyendas, para ser más precisos, porque hay personas que dicen conocer y son capaces de relatar algunas de las historias que habría contenido. Sin embargo, nunca he encontrado a nadie que pueda dar testimonio de que haya visto el manuscrito o siquiera de que conozca a otro que lo haya visto. Por eso concluí que la leyenda del “Mitógrafo Borgoñino” fue inventada como un elemento ornamental para darles más sentido de unidad a otras historias relativas al Liceo.
—¿Y el papel?
—Bueno. Estamos atestados de papel y lápices en este edificio. Es altamente probable que incluso en el camarín podamos encontrar un pedazo de papel como este con algo escrito encima. Aunque, eso sí, el profesor y yo ya lo hicimos pasar a formar parte de la leyenda. Por eso, aunque no sea una evidencia real, sigue teniendo un valor simbólico.
—Ah, entiendo.
—De eso se trata.
—Profesor, me gustaría saber más de esas historias que le han contado y de la gente que se las ha contado, pero tengo que ir a la Biblioteca ahora.
—Ningún problema. Cuando quiera hablamos.
Se despidieron y Edmundo fue rápidamente al subterráneo de la Biblioteca. Encontró a Luis leyendo y comiéndose el queque que le había pedido.
—¿Qué pasó, hueón?
—Na', pos, que mi mejor amigo me abandonó.
—¿En serio? ¿Y cómo te aguantó tanto tiempo?
—Ja, ja, ja, ja, ja, ja.
—Oye, quiero ir al persa el sábado.
Así que acordaron ir juntos ese fin de semana. Durante los días restantes de la semana, Edmundo anduvo a la siga del profesor Barrios para conocer más acerca de esas historias y sus narradores. No solamente invirtió sus recreos, sino que incluso decidió quedarse hasta más allá de la hora de salida para poder conversar acerca de esto. Las historias combinaban motivos conocidos para él, aunque adquirían un carácter especial por hallarse relacionadas con el Liceo. La historia de un obscuro suicidio que dio lugar a apariciones fantasmales, el relato de un tesoro oculto por uno de los directores para evitar la cárcel, de la profesora que llegó en ropa íntima a gritarle y pegarle a su esposo (quien también hacía clases allí) a causa de una infidelidad, del par de alumnos que fueron sorprendidos besándose en los baños del patio sur y los castigos que enfrentaron dentro y fuera del Liceo. La identidad de los narradores era variada, aunque tendía a reducirse en dos grupos: vecinas del sector y exalumnos del Liceo. Aunque parecía que las historias podían gestarse en una variedad de condiciones: su único factor común era el Liceo como trasfondo, escenario principal o mero ornamento.
El sábado fue al persa con Luis. Se juntaron a eso de las once afuera del Liceo y caminaron hacia el sur. Siguieron por San Francisco hasta Placer y de allí hacia Santa Rosa. En Placer había bastante gente circulando. Mientras caminaban, Edmundo se percató de que un joven con un gorro del Liceo, caminando rápidamente por su derecha, intercambió algo con un tipo de caminaba en la dirección opuesta sin que se dirigieran palabra alguna ni se comunicaren de ninguna manera después de eso. Pasearon por los galpones sin prisa, pero con la ansiedad de ver cuanto pudieren de entre todos los productos en venta: para ellos, esto significaba algo similar a una visita al museo. Muchos muebles no solamente antiguos, sino que maltratados por el tiempo, herramientas y pedazos de herramientas, teléfonos antiguos, cuadros polvorientos, alfombras manchadas: también un par de pequeñas campanas y algunos candelabros. Por supuesto, también miraron libros, muchos libros. Los había de todos tipos y a precios sumamente económicos. Se detuvieron en distintos locales o frente a simples paños para hojear los títulos, los nombres de los autores y distinguir algo que llamara su atención. Uno de los vendedores más informales estaba en la esquina de un galpón, visiblemente ebrio. Se detuvieron allí también: aquel hombre, aunque bebido, no se veía para nada peligroso. Echando una mirada entre los volúmenes, encontró uno titulado “Hygini Fabulae”. Lo abrió en una página al azar y leyó «filiam formoſiſſimam omnium mulierum ſe in coniugium dare promiſit». No tenía conocimiento de la lengua, pero supo que esto estaba escrito en latín.
—¿A cuánto lo tiene?
—¿Ese? A dos mil pesos.
—Perfecto. Aquí tiene... ¿Usted, por casualidad—preguntó Edmundo, después de pagar e impresionado por haber encontrado un libro escrito en latín donde este vendedor—, no habrá oído hablar acerca del Mitógrafo Borgoñino?
—¿El Mitógrafo Borgoñino? Sí, claro. Es famoso por estos barrios. Hay varias historias que cuenta la gente acerca de él. Recuerdo una según la cual el edificio del Liceo Barros Borgoño comenzó a desaparecer de la vista cada noche después del primer aniversario del golpe—Edmundo y Luis se miraron con sorpresa—.
—¿Usted no sabe si hay algún texto donde pueda encontrar esas historias recopiladas?
—No, nadie se ha dado ese trabajo. Pero se supone que existe el libro original del Mitógrafo Borgoñino, aunque yo nunca he visto una copia. Dicen que él mismo lo quemó antes de morirse, pero que sus amigos y familiares alcanzaron a conocer esas historias y fueron ellos los que se las contaron a otras personas. Así que lo más probable es que ni exista el famoso libro.
—Bueno, yo escuché que no se trata de un libro, sino de un manuscrito. Único y original. De hecho, yo mismo vi un pedazo de ese manuscrito hace algunos días. Y yo creo que debe estar en alguna parte.
—Eh—el vendedor guardó silencio por varios segundos—... En realidad, eso es algo que yo no podría desmentir. Hay tantas versiones acerca de este asunto que, en verdad, no puedo negarle nada.
Edmundo decidió seguir visitando al mismo vendedor durante las siguientes semanas y meses. Le encomendó que lo ayudara a buscar testimonios acerca del manuscrito y, eventualmente, el texto mismo. Esto se prolongó por un año y medio aproximadamente. Después de este periodo, siguieron unos cinco años durante los cuales Edmundo visitaba sólo ocasionalmente el persa. En casi todas estas visitas se detuvo algunos minutos para hablar con el vendedor, aunque solo fuera para saludarlo o compartir un sorbo de vino y un cigarrillo. Pero ya no volvió después de esos seis o siete años iniciales. El nombre del vendedor era Patricio, por cierto.
Así que el domingo siguiente, habiendo disfrutado de un agradable sábado con algunos miembros del foro, estaba a eso del mediodía en el rincón donde solía encontrar a Patricio varios años atrás. Pero él no estaba atendiendo ese día. De hecho, el rincón se veía como un espacio sin destino preciso y que nadie desearía ocupar. Así que telefoneó al número desde el cual lo había llamado ayer. “No, jefe”, le dijo, “estoy en una casa cerca del persa eso sí. Lo voy a buscar al tiro. No me demoro ni cinco minutos”. Naturalmente, fueron diez. Había ido con Luis, así que no le molestó tanto tener que aguardar por un momento. Cuando llegó Patricio, les pidió que lo siguieran y fueron hasta una casa ubicada en una de las calles que comienzan en Placer. Era una casa vieja y estrecha, con mobiliario a mal traer y poco aseo. Se ubicaron en el living. Allí, sobre la mesa de centro, estaba el manuscrito estampado y con el título en grandes letras “Mythographus Burgundiniensis”. Edmundo lo tomó y comenzó a hojearlo con la misma actitud que tuviera años atrás al visitar el persa. Leyó fragmentos aislados en varias partes del texto: «Corrieron con prisa fuera de la sala, bajaron las escaleras y se refugiaron en la biblioteca, conteniendo apenas la emoción y la risa»; «Comenzó a oír una melodía como de órgano y decidió seguir caminando a pesar de la extrañeza»; «Como decía el viejo poeta, “los ángeles i querubines cantan himnos en tu alabanza, Santo, Santo, Santo”»; «La tía se lava las patas en la leche»; «Dicen que vio un dibujo obsceno de ella y que quedó pasmada durante algunos segundos»; «Se escuchó un estruendo y decidió volver a la sala: ninguno de los dos alumnos que estaba allí parecía haber hecho algo, pero había una pelota en el piso y una ventana rota»; «Repentinamente comenzó a salir una humareda blanca desde debajo de su silla, acompañada de un olor desagradable e intenso»; «Cuando se volteó hacia el curso para explicar lo que había escrito, uno de los alumnos le tomó una fotografía»; «¿Y servirá de algo decir que te echo de menos y que tengo ganas de verte?»; «El cortejo se detuvo brevemente ante la tumba de Manuel Barros Borgoño antes de dirigirse al patio 116, donde sepultarían a Emilio»... Lo que leyó le pareció evidencia suficiente para creer que el manuscrito era verdadero. El teléfono de Luis comenzó a sonar y él se dirigió al estrecho patio trasero para contestarlo. Edmundo pensó repentinamente en algo y comenzó a buscar cuidadosamente entre las hojas, notablemente antiguas. Examinó con detención varias hojas por separado y finalmente pareció encontrar lo que pretendía: una hoja con una esquina menos. Sacó el fragmento que el profesor Barrios había terminado por regalarle el día de su graduación y lo calzó en el espacio restante de la hoja. Y leyó: «Algo en ese sueño le había mostrado la señal por la que estaba esperando, decía [4 beta mármol]». En la página siguiente continuaba: «y también le pareció que alguien se lo dijo en voz alta. Pasaría algún tiempo, algunos años incluso, antes de que descubriera su verdadero significado, porque aún no llegaba su tiempo». Esta evidencia lo dejó enteramente satisfecho. Patricio le pidió un monto equivalente a cien mil pesos por cada año que pasó buscando el documento y otros cien mil pesos de bonificación por haberlo hallado finalmente. Edmundo no tuvo reparos y le entregó un cheque por tres millones trescientos mil pesos. Estaba convencido de que valía la pena.
—¿Cómo lo consiguió?
—Ja, ja. No fue na’ de fácil, pos.
Patricio sirvió un vaso con vino para cada uno, dispuso una cajetilla de cigarrillos sobre la mesa de centro y comenzó a relatar cómo había conseguido el manuscrito.
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Creo haberme entrevistado con toda la gente de la que usted me habló y con la mayoría de la gente que ya había entrevistado el profesor Barrios, exceptuando a don Saturnino, naturalmente. Conversé varias veces con el profesor Barrios, pero se fue a trabajar en otro liceo al final. Él nunca creyó que fuera posible encontrar un manuscrito, pero tampoco hizo mucho empeño para convencerme. Primero me mandó a hablar con una señora que vivía en Nataniel: doña Lucía. La señora hacía de todo. Era media bruja. Y conocía montones de historias. Según ella, el Mitógrafo Borgoñino fue un profesor del Liceo que siempre andaba contando historias extrañas, aunque interesantes. En esos tiempos, casi todos los alumnos vivían cerca y el profesor hacía visitas en sus casas. Dice que por eso las historias se hicieron tan conocidas en el barrio. Antiguamente los profesores solían ir a las casas de los alumnos para hablar con los papás a causa de cualquier motivo: si había faltado, si estaba enfermo, si se había portado mal, si estaba teniendo malas notas o lo que fuera. Doña Lucía dice que un tío suyo fue alumno de él; pero me avisó al tiro que su tío había muerto hace varios años, de modo que no podría ir a verlo. De todas maneras, le pedí el nombre completo de él para poder buscar después en los archivos del Liceo. Ella conocía varias de las historias y me estuvo contando algunas. Así que después me puse a buscar el nombre de su tío. Pasé la mitad de un año ocupando algo del tiempo libre que me quedaba para revisar los archivos y fijarme en qué cursos había estado, porque hizo los seis años de Humanidades allí. Reconstruí la lista completa de sus compañeros y de los profesores que le hicieron clases, pero eso no sirvió de mucho. Solamente encontré más personas que conocían una que otra historia, pero ningún detalle que pudiera guiarme hacia la identidad del Mitógrafo Borgoñino. Busqué los descendientes de estas personas, por cierto, pero ellos no conocían los datos que yo andaba buscando. Lo único que se salvó fueron las historias. Y lo que sabían tampoco me ayudó a encontrar o siquiera estar más seguro de la existencia del famoso manuscrito. Tal parece que doña Lucía fue la única interesada en indagar un poco más y guardarse los detalles que ya le describí.
Después de esto, volví con el profesor Barrios y él me recomendó que, si realmente creía en la existencia del manuscrito, el hecho de que don Saturnino encontrara un trozo de él podría tener un significado. Quizás alguien había querido exponer ese trozo como una prueba relevante que pudiera llevar a la localización del manuscrito. Y, si así fuere, sería necesario interpretar apropiadamente el significado del mensaje que contenía, «4 beta mármol». Y comencé a preguntarme cómo podría llevarme este mensaje al hallazgo del manuscrito. Fue por entonces cuando le perdí el rastro al profesor Barrios. Yo no me acordaba de ninguna historia que mencionara algo como esto. Tendría que haber alguna historia refiriéndose a este detalle si de verdad pertenecía al manuscrito. Así que decidí desechar este detalle. Me ha sorprendido mucho que usted le haya encontrado un lugar. Pero resulta evidente que se trataba de un detalle muy mínimo como para ser recordado con precisión por nadie. Incluso es posible que el Mitógrafo Borgoñino no lo haya mencionado cuando hacía sus relatos y lo haya incluido solamente en la versión escrita de alguno de los cuentos. Tiene sentido, de todas maneras, que don Saturnino haya encontrado ese trozo en los camarines.
Ya no tenía a quién acudir y había cubierto cuanto podía buscando datos acerca del manuscrito, así que empecé a encargárselo a mis clientes. Usted sabe que aquí viene gente letrada y alguno podía tener más datos que yo. Así fue como conocí a don Rodrigo, un caballero muy culto que viene a pasear de repente por el persa. Él aceptó de inmediato ayudarme a buscar, aunque se puso medio escéptico cuando se fue dando cuenta de que este asunto era más rumor que un hecho verídico. Yo le fui contando algunas historias y después le expliqué cómo las había conocido y cuál se suponía que era el origen de ellas. A él siempre le llamó la atención que se hablara de un manuscrito y no de un texto editado. Pensaba que era demasiado conveniente la idea de un manuscrito perdido como para ser cierta: con este argumento, se podía refutar casi cualquier duda en oposición a él. La cosa es que él trabaja en la Biblioteca Nacional y tenía acceso a varios manuscritos guardados allí sin clasificar. Estuvo hojeando de vez en cuando en las bodegas, pero nunca encontró nada relevante para nuestra búsqueda. Sin embargo, sí halló muchos otros materiales interesantes. Pero fue él quien, finalmente, hace un par de semanas, me entregó el manuscrito. No se sorprenda: lo encontró en la casa del jefe de una de las secciones de la Biblioteca Nacional mientras celebraban una fiesta por su jubilación. Y no es que se haya puesto a hurgar en la casa de él, sino que se le ocurrió contar la historia del manuscrito y del Mitógrafo Borgoñino después de que este caballero, el dueño de casa, terminara de dar un breve discurso en el que recordaba haber asistido al Liceo Barros Borgoño como alumno y haber hecho clases allí más tarde. Entonces él, que se llamaba Pío, le dijo que él tenía ese texto en su casa. Como era de esperarse, don Rodrigo le rogó a don Pío que le explicara cómo había obtenido el manuscrito. Don Pío empezó por recordarle los montones de libros y manuscritos guardados y olvidados en las bodegas de la Biblioteca Nacional. Le confirmó que este manuscrito había estado allí y que él había logrado guardárselo con un pequeño e inocente engaño, que fue fruto de otro similar. Si usted o cualquier persona mira la portadilla del manuscrito empastado, encontrará algo sorprendente: tiene estampado el timbre de la Biblioteca de Lima. Pero esto tiene una explicación enteramente natural. Por una parte, hay que explicar lo relativo a esta biblioteca y sus libros y, por otra, lo relativo a los libros abandonados en las bodegas de la Biblioteca Nacional. Como usted ya sabe, hay muchos volúmenes hasta el día de hoy sin clasificar en estas bodegas. Y el caso es que hay muchos de ellos con el mismo timbre que este manuscrito. Pero no se extrañe. Don Pío le explicó a don Rodrigo cómo llegó a pasar esto. No podemos creer, por cierto, que ellos pertenezcan verdaderamente a la Biblioteca de Lima, por varias razones. En primer lugar, porque sabemos que el Mitógrafo Borgoñino está ligado con el Liceo y, por ende, es altamente improbable que su manuscrito haya llegado hasta Lima y luego venido de vuelta para terminar misteriosamente olvidado en las bodegas de la Biblioteca Nacional. En segundo lugar, porque hasta hace poco ni siquiera existía una Biblioteca de Lima, sino que solamente una Biblioteca Nacional del Perú en la capital de este país. Y, en tercer lugar, porque este manuscrito tendría escaso o ningún valor fuera de nuestro país, de modo que difícilmente sería catalogado en una biblioteca pública. Don Pío se dio cuenta de que el timbre era falso. Alguien lo estampó allí y en muchos otros volúmenes como una especie de pequeña y anónima broma. Y don Pío lo verificó con mayor certeza aún cuando, viéndose envuelto en el proceso de identificación de los libros que iban a ser devueltos a la Biblioteca Nacional del Perú, tuvo que guiarse tanto por la lista preparada por don Ignacio Domeyko como por el espurio timbre, el cual no estaba en todos los volúmenes de la lista y aparecía en muchos que no formaban parte de ella. Todos sabemos que los volúmenes más antiguos de la Biblioteca Nacional del Perú fueron rescatados por el Ejército de Chile, protegiéndolos del desgobierno constante de ese país, si bien el Ejército Real de España ya había tomado algo en 1824, aunque originalmente todo fue arrebatado a los Jesuitas en 1767. Pero hay muchas acusaciones imprecisas al respecto: hay quienes dicen que fueron tomados treinta y cinco mil volúmenes y otros elevan la cifra hasta cincuenta y cinco mil, aunque el catálogo de Domeyko considera solo alrededor de diez mil, precisamente la cifra que devolvió el gobierno del Presidente Santa María. Así que don Pío llegó a la conclusión de que se trató de un gran engaño: los casi cuatro mil volúmenes devueltos el 2007 pertenecían a la Biblioteca Nacional de Chile y no a la del Perú. Había algunos que coincidían con los títulos de la lista de Domeyko por el simple hecho de que nuestra biblioteca tenía una copia y otros que tenían impreso el timbre falso: así fue como se constituyó este conjunto de libros. Pero don Pío decidió salvar algunos que le parecieron interesantes, aunque no más de los que pudiera llevar discretamente a su casa. Los salvó del exilio y les dio un hogar. De esta manera fue como el manuscrito del Mitógrafo Borgoñino terminó en su casa. Él, por supuesto, se sintió interesado en este volumen a causa de que estudió en el Liceo. No conocía la historia ni los cuentos antes de acceder al manuscrito. Pero lo guardaba como un tesoro una vez que lo hubo rescatado. Le pidió un millón cien a don Rodrigo y él me pidió dos millones doscientos a mí: así se armó la cadena. Aparentemente, el manuscrito fue donado a la Biblioteca Nacional en algún momento, pero no se guarda un registro del hecho y el volumen no fue clasificado. Así que quedó guardado en las bodegas y, en algún minuto, alguien le estampó el timbre. Como puede ver, el manuscrito sí existía y, aunque estuvo guardado en silencio durante un buen tiempo, nunca ha salido de Santiago.
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Luis ya había vuelto y había escuchado la mayor parte de la historia. Los cigarrillos se habían ido consumiendo paulatinamente y así mismo el vino. Edmundo se sentía bastante satisfecho con la historia que había narrado Patricio. Le agradeció a Patricio y expresó su plácida sorpresa al admitir que, con todo, el hallazgo del manuscrito no dejaba de tratarse de una feliz casualidad. Terminando la botella de vino que estaban bebiendo, Edmundo decidió que era hora de marcharse y, con Luis, se despidieron amablemente de Patricio.
El teléfono de Luis volvió a sonar cuando se dirigían al estacionamiento. Después de terminar la llamada, Luis le explicó a Edmundo que no podía llevarlo de vuelta: algo había ocurrido y tenía que dejarlo inmediatamente. Edmundo no comprendió muy bien, pero dejó que Luis se marchara sin darle mayores explicaciones. Así que decidió tomar el Metro. Caminó a la estación Franklin. Mientras bajaba las escaleras, comenzó a sentirse cansado: había tenido una jornada agitada el día anterior y la emoción experimentada hace poco lo mantenía un tanto extrañado. Cuando caminaba hacia la boletería, se detuvo a mirar la hora y, al levantar la mirada, no reconoció la ruta que debía seguir. Tenía un pasillo justo al frente, así que decidió seguir por allí: prácticamente todas las rutas posibles al interior de una estación llevan hacia una boletería. Se encontró con otras escaleras al final del pasillo y bajó a través de ellas un buen trecho. Finalmente encontró una boletería. A Edmundo le causó gracia ver barras de color anaranjado en lugar de amarillo: imaginó que, teniendo que reemplazarlas con sentido de urgencia, habían tenido que ponerlas de otro color. Ya en el tren, siguió mirando con atención algunos fragmentos del manuscrito: «Neleo, Heracles y Alejandro necesitaban conseguir un par de libros de Historia de Chile para preparar un informe conjunto acerca de los planteamientos de Diego Portales en torno a la democracia. La profesora Paz les había prometido prestarles ella misma algunos de su colección para ayudarlos. Tenían algo de ansiedad por marcharse, puesto que las clases habían terminado ese día, era hora de almorzar, los alumnos de la jornada siguiente empezarían a llegar y querrían ocupar su sala y no les complacía mucho la idea de tener que esperar sin hacer nada durante mucho tiempo. Habían aguardado un tiempo prudente, lo suficiente como para que la profesora hubiese terminado su almuerzo en el casino de profesores, así que tomaron la decisión de ir a buscarla. No estaban del todo convencidos: les parecía que se trataba de una interrupción indebida a causa de la diferencia jerárquica y el respeto que debían guardar hacia los profesores, pero la ansiedad los llevó a contradecir lo que sentían al respecto. Neleo golpeó tímidamente la puerta del casino y la abrió solo un poco mientras Heracles y Alejandro se escondían tímidamente detrás de él. La profesora, que ya había terminado su almuerzo y conversaba con algunos colegas, se dio cuenta de que estaban allí y le hizo una seña con la mano a Neleo, queriendo decir que iría a hablar con él a la brevedad. Los tres esperaron afuera sintiendo que estaban haciendo algo impropio, hasta vergonzoso, pero satisfechos de que la profesora hubiese accedido a su solicitud. La profesora salió y les dijo que la acompañaran. Ninguno de ellos se atrevió a caminar por su lado o delante de ella, así que se limitaron a seguirla. Cuando iban caminando justo frente a la entrada principal, sucedió lo impensado: la profesora resbaló con la baldosa y cayó pesadamente sobre el piso sin poder sostenerse con éxito. De inmediato acudieron en su auxilio otros alumnos que estaban en el lugar; pero Neleo, Heracles y Alejandro tardaron un poco en reaccionar: les costaba creer que eso estuviera pasando. Solamente después de mirarse con sorpresa y algo de horror tomaron la iniciativa y se acercaron a la profesora. Pero no pudieron hacer mucho: algunos profesores se alertaron de la situación, fueron a recoger a la profesora y la llevaron a una oficina. De allí, fue llevada en una ambulancia a un centro asistencial. Neleo, Heracles y Alejandro se dirigieron a un escaño: estaban verdaderamente sorprendidos a causa del incidente. No les cabían dudas al respecto: ellos eran directamente responsables del incidente. La profesora estaba disfrutando tranquilamente de la sobremesa en el casino y ellos fueron, guiados por un egoísta propósito, a sacarla de su tranquilidad para conducirla a su propia caída. La profesora Paz se ausentó durante un par de semanas después de esto y, a pesar de que les señaló lo innecesario que era que se disculpasen, ellos insistieron en hacerlo, pues sentían que eran responsables por lo que había pasado. Así que decidieron pagar una especie de tributo y repetirlo anualmente llevando pequeños regalos a la profesora. Hay quienes pretenden vincular esta historia con el “Día del Maestro”, pero resulta evidente que ellos pretenden vincular de forma alegórica la historia con el evento. Es posible que haya existido una tradición asociada realmente a esta historia, pero ella no perduró por mucho tiempo». Edmundo levantó la cabeza y escuchó: “Estación Baquedano, combinación con Línea Uno”. Decidió bajar. No le fue fácil encontrar la ruta de salida, aún sentía algo de confusión, pero logró subir a la Alameda. Cuando terminó de subir las escaleras, hubo algo que le pareció familiar, aunque le provocó algo de sorpresa y repugnancia. Había muchos tranvías en la calle, parecía ser más temprano de lo que recordaba y no día domingo. Pestañeó enérgicamente y el ruido pareció silenciarse casi por completo. Al abrir los ojos, deseó no haber pestañeado, pues le pareció que era aún más temprano y que veía al General Baquedano cabalgando con dirección al Poniente. Edmundo se volteó bruscamente para volver al estación de Metro, pero se encontró en el extremo de una península mirando hacia el mar. Le pareció reconocer el lugar y que había ido de vacaciones allí cuando niño alguna vez: debía ser Punta de Tralca. Pensó que debía estar alucinando y decidió darle una mirada al manuscrito: «Ya habían pasado treinta y dos años desde que Edmundo dejara el Liceo». Leyó más adelante: «¿Tiene mi papelito?». Avanzó hasta donde debía encontrar el final de la historia: «Estupefacto, Edmundo miró al cielo y se vio iluminado por dos soles simultáneamente. Vio cómo un sendero luminoso se dibujaba por encima de las olas, justo al frente de él. Decidió caminar».