lunes, 10 de junio de 2013

Hitler renacerá desde Chile

La falacia ad Hitlerum ha sido propuesta como el caso de un argumento inválido que se caracteriza por interponer a Hitler en particular o el régimen nazi en general como ejemplo o comparación de lo que se discute. Pero yo no estoy convencido de que sea así. De hecho, creo que la falacia debería llamarse ad Hitlerem porque este apellido parece adaptarse mucho mejor al paradigma de la tercera declinación que al de la segunda (o cuarta). Me parece más apropiado construir un nominativo en -r (Hitler) con genitivo Hitleris que uno en -us (Hitlerus), generalmente reservado para los nombres terminados en -o.

Me enteré de la fascinación que sienten algunos por Adolf Hitler cuando leí la entusiasta declaración de un joven entrevistado en un periódico local (¿La Tercera?). La declaración era muy breve porque formaba parte de un reportaje, pero recuerdo que el muchacho explicaba el poco interés que le habría despertado El Manifiesto Comunista en comparación con la cautividad que le contrajo la lectura de Mi Lucha. Fue entonces cuando decidí leer este libro. Y me sentí decepcionado de que no me produjera la misma impresión que a quien me inspiró a leerlo, porque yo lo encontré aburrido y poco comprensible a causa de la manifiesta irritabilidad del autor. Rescaté, eso sí, la afirmación de que «una mayoría nunca podrá reemplazar al hombre: pues así como cien mentecatos no igualan a un hombre listo, tampoco es posible que una resolución heroica provenga de cien cobardes». De hecho, quedé tan gratamente impresionado con este enunciado que lo escribí en la portada de uno de mis cuadernos del Liceo, aunque no recuerdo cuál.

 Imagen tomada desde el blog «Diario de guerra»
Pamela Jiles escribió un reportaje para la revista Análisis en el que relata la conmemoración del centésimo aniversario del nacimiento de Hitler en Santiago. Asegura que esta conmemoración no tuvo paralelo en ningún otro lugar del mundo, pero no da señales de haber indagado esto. La ausencia de Internet en 1989 podría justificarla, pero lo cierto es que ella solo buscaba desacreditar a quienes participaron en el evento. Quizás le dé vergüenza que su partido (el Comunista) sea tan similar al que fundó Hitler. En su reportaje, Jiles cita parte de un discurso pronunciado por Erwin Robertson en esa ocasión. «Sigfrido, caíste, pero nos dejaste tu espada... Barbarroja, emperador dormido, descansa en el seno de tu pueblo hasta que llegue la hora de la Reconquista». Estas palabras aluden a la supuesta resurrección de Hitler que tendrá lugar en Chile, si bien no queda claro en qué lugar del país: la Antártica, «fuente de mitos y sueños», aparece como el mejor candidato hasta ahora. El continente helado, en efecto, resulta un lugar sumamente simbólico para el renacimiento, no de «el más humano de los hombres», como llamara Neruda a Stalin —por afirmaciones como esta es que Domingo Espejo, preclaro profesor de castellano del Liceo, advertía acerca de la insana ideologización de Neruda: el profesor Espejo le hizo clases a Cristian Salazar y posiblemente también a mi hermano mayor; el Barrientos me contó que, para la ocasión en la que el profesor estaba siendo despedido, lo detuvieron en la entrada y le pidieron que se formara junto a otros alumnos desconocidos para él con el objetivo de rendirle honores al profesor Espejo mientras caminaba hacia afuera del Liceo: un pequeño ejemplo del orden marcial que puede manifestarse en el Liceo de vez en cuando—, sino para el Übermensch que anunció Nietzsche. Pero yo no creo que Friedrich haya sido un totalitario, de modo que Adolf no podrá renacer con el objetivo de instaurar el 4to Reich: al menos no por la fuerza, como intentó infructuosamente con el 3ro. Hasta donde sé, mi linaje no está relacionado con el 3er Reich, pero hay un par de detalles que vale la pena comentar. El primero es que un tatarabuelo italiano de apellido Farné y oriundo de Bolonia peleó en el ejército fascista de Mussolini. El otro es que mi tatarabuelo Emilio Bravo falleció al día siguiente de la rendición japonesa, ocurrida luego de los eternamente lamentables bombardeos atómicos. Mi abuelo paterno, recluido por ese entonces en la Sociedad Protectora de la Infancia, dice haberse sorprendido a causa de que fue necesaria la concurrencia de profesores externos para que instruyeran a sus propios profesores acerca de lo que había ocurrido en Cipango: particularmente en lo relativo al mecanismo de la bomba atómica. Mi relación personal con el 3er Reich resulta mucho más fácil de trazar, por cierto. Ya había leído Mi Lucha cuando, en 4to medio, Erich Bayer nos solicitó identificar dos elementos fundamentales del fascismo alemán y someterlos a un juicio moral kantiano. Los elementos que yo identifiqué para mi ensayo fueron la seguridad y el orgullo. Argumenté que estos elementos eran pensados y ejecutados en cuanto a la nación, no al individuo y, por lo tanto, resultaban inmorales. En un trabajo paralelo que preparé para el «Pikiki», interpuse el populismo y el fanatismo como elementos fundamentales y argumenté que la autorización pública de un solo tipo de ideas determinaba la actuación de los individuos, resultando en una anulación inmoral de la persona.

Otro posible lugar para el resurgimiento del Führer es el volcán Chaitén, en cuyo interior —dice la leyenda— está asentada la mítica Ciudad de los Césares, que, a la sazón, es el nombre de la revista dirigida por el profesor Robertson. Chaitén es también, por cierto, el nombre de la ciudad que fue entregada en anatema por Dios el 2008: primero la cubrieron las cenizas del volcán Chaitén y luego el río Blanco, devenido lahar por haber mezclado sus aguas con ellas, cambió su curso e inundó la ciudad, atravesándola por el medio. Nadie quedó allí.

No estoy seguro de que Hitler resucite desde la Antártica o desde la Ciudad de los Césares. Tampoco tengo certeza de que efectivamente renazca algún día. Pero sí mantengo una profunda impresión por el carácter esotérico de esta leyenda. Ella sola, por cierto, me parece capaz de ocasionar una fascinación mucho mayor que el libro de Adolf Hitler.

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