Este testimonio del Mitógrafo Primero ofrece una muestra de cómo se cultiva la amistad y camaradería en el Liceo Manuel Barros Borgoño. Se trata de un caso particular, de modo que no representa la generalidad de las situaciones, pero igualmente resulta útil para ejemplificar esta realidad.
Al Eduardo le costó concordar con que era al menos un poco humillante que la micro fuera llena, pero uno terminara sentado solo. Le tuvo que pasar a él mismo para que entendiera lo que yo había sentido. Porque, cuando le conté que lo mismo me había ocurrido pocas semanas antes, él no había simpatizado con mi sentimiento de inferioridad o desolación. Pues uno se pregunta qué tipo de cruel casualidad ha llevado a que, la micro estando llena de pasajeros, ninguno de los que viajan de pie haya querido sentarse junto a uno y, más aún, haya preferido permanecer de pie a lo largo de un extenso e incómodo viaje. Y llama más la atención que ningún otro pasajero sentado haya corrido la misma suerte. Como un reflejo del fracaso social en el resto de nuestra cotidianidad, los pasajeros de la micro sentenciaron que no merecíamos la compañía de ninguno. Acaso por eso asumíamos que ser amigos era más parte de nuestro destino que una decisión soberana individual. En realidad, yo creo que él lo asumía de la misma manera que yo lo hice, porque comúnmente coincidimos en cuanto a nuestras ideas sin haberlas discutido previamente.
Este es un ejemplo extravagante, por cierto. El Eduardo y yo compartimos una coincidencia espiritual notable. Resulta extraño, por lo tanto, que uno no simpatice con las ideas o sentimientos que comunica el otro, cuando no los adivinamos anticipadamente (porque esto también nos ocurre). Somos personas muy diferentes: escuchamos música distinta, tenemos carreras disímiles, nuestras profesiones están lejos la una de la otra e incluso la forma de ejercerlas es disímil. Pero tenemos una sintonía cuasi idéntica, una coincidencia cercana a la simetría en cuanto a lo que pensamos y una empatía profunda con los sentimientos del otro.
Son contadas, por lo tanto, las ocasiones en que uno no ha simpatizado con el ánimo del otro, como en la situación descrita arriba, o cuando alguno no ha opinado de la misma manera que el otro. Yo, por supuesto, solamente recuerdo aquellas ocasiones en las que ha sido el Eduardo quien no ha concordado conmigo. Las tres tuvieron lugar cuando aún estábamos en el Liceo. Una es la susodicha. Otra es aquella en la que el Eduardo no coincidió conmigo en cuanto al desprecio de las ideas, aunque terminó expresando su convicción en una segunda oportunidad. La tercera ocurrió cuando comenté con amigos en común una situación emocional que el Eduardo consideraba más privada de lo que yo estimé hasta entonces. De modo que resulta visible la regularidad de la concordancia observada a pesar de sus contadas excepciones.
Todo esto podría explicarse a causa del espíritu borgoñino, ese sentimiento especial que atraviesa a quienes guardan con especial cariño su experiencia en el Liceo. No por nada se dice que el Liceo Barros Borgoño tiene una ‘mística’ que atraviesa las generaciones. Fuera de su reconocida tradición, su peso académico, la belleza de su himno, etcétera. Pero entonces, podría alegar, lo mismo debería haber ocurrido con todos nuestros compañeros. Y, sin embargo, solo nos ocurrió a nosotros. De manera que, sin negar la fuerza del espíritu borgoñino, lo descartaré como causa de esta coincidencia anímica. La respuesta debería ser mucho más sencilla, aunque requiere de una condición mucho menos verosímil. Se trata, ni más ni menos, de una geminitud espiritual. Esta condición explica perfectamente las coincidencias anímicas e intelectuales. Pero su improbabilidad resulta desafiante. Aún así, no es imposible. Y creo tener la fortuna de experimentarla con el Eduardo.
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